No es muy convincente el optimismo de quienes ven victoriosa la fórmula Clinton-Obama u Obama-Clinton
Los candidatos demócratas iniciaron sus campañas hablando de cambio: cambio en las políticas de Estado y cambio en la estructura de los servicios, aunque sin precisar en detalle el procedimiento para lograrlo. De esta manera la distancia con el gobierno de Bush estaba lograda y de algunas decisiones de ellos mismos en relación con los proyectos de iniciativa oficial votados por ambos partidos en el Congreso.
Por primera vez en algo mas de dos siglos de historia democrática, un negro y una mujer tienen probabilidades de ser presidentes. Se le atribuye a ese hecho una nueva visión de amplios sectores de la sociedad norteamericana respecto de las razas y los géneros, y se le interpreta, también, como un fenómeno exclusivo del Partido Demócrata, explicado con argumentos en las universidades, y en todos los medios de prensa.
El americano común y corriente, republicano o demócrata, pero tradicionalista, es dificil que se identifique con esa nueva visión por seductoras que sean las propuestas de Hillary Clinton y Barack Obama en los debates, las entrevistas, los foros con la juventud y los diálogos con los sindicatos.
Duda que se reforzó en las elecciones primarias, las cuales han reflejado una mayor vocación de unidad en las filas de McCain que en la de los democratas. ¿Entendería el gringo común y corriente, con confianza en su instinto democrático, que un viraje en los programas de gobierno es compatible con un cambio de mentalidad para escoger a su líder, el presidente, saliéndose de los moldes del machismo y la discriminación? ¿Votarán disciplinadamente los hombres y mujeres que dicen haber superado los prejuicios y tabúes que en la conducta social de los blancos le servían de plataforma a la exclusión?
No es muy convincente el optimismo de quienes ven victoriosa la fórmula Clinton-Obama u Obama-Clinton como fin del proceso electoral de las primarias, entre otras cosas porque los demócratas del sur se sentirían desconocidos, sueltos de representación en el gobierno futuro, y McCain es sureño, republicano, moderado, blanco, héroe de guerra y varón, con un pensamiento conservador que no enlaza con la nueva visión en que basan algunos la popularidad del negro y la mujer que disputarían con él el inquilinato de la Casa Blanca.
Convencería aquel optimismo si supiéramos, a ciencia cierta, que la recesión económica, la guerra contra el terrorismo y las reformas a la seguridad social pueden más, en la voluntad de los norteamericanos reacios a que algo deje de ser lo que es, que su antipatía o su miedo a que les transformen el patio como si no hubiera otro remedio.
La edad de los candidatos podría determinar, en cambio, el voto mayoritario. McCain asumiría a los 72 años, si gana; la señora Clinton a los 61, y Obama a los 47. Una distancia cronológica que el gringo no descuidaría en un país que los republicanos vuelven a entregar quebrado y en conflicto con otros países. De modo que, allí sí, con la fórmula Clinton-Obama o al revés, por joven que sea la formula de McCain, la personalidad y el pensamiento del escogido no serían tan relevantes como la personalidad y el pensamiento de sus rivales al momento de garantizar la continuidad de sus planes.
Lo ideal es que la drástica contrapartida del desastre de Bush coincida con la alborada de la nueva visión.
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